La reciente decisión del Gobierno argentino de reducir progresivamente a cero los aranceles a la importación de celulares hasta enero de 2026 marcan un paso importante hacia la modernización del comercio exterior y la eliminación de distorsiones históricas en el acceso a la tecnología. Esta medida no es aislada: forma parte de una política coherente que apunta a descomprimir el comercio, reducir cargas impositivas excesivas y acercar los precios locales a los estándares internacionales.
Durante años, los consumidores argentinos enfrentaron precios exorbitantes para acceder a productos electrónicos de alta gama. Esto generó comportamientos que, lejos de fortalecer el mercado interno, lo debilitaron: viajes masivos a países vecinos para adquirir tecnología a precios más razonables, una constante fuga de consumo y una sensación de inequidad que afectaba tanto al poder adquisitivo como a la confianza en el sistema económico.
Con la rebaja de aranceles, estamos viendo por primera vez un cambio tangible. Ya se perciben bajas significativas en productos de alto valor como los iPhones, y esto no es más que el inicio de una corrección profunda. El verdadero impacto de la medida está en la posibilidad de reconfigurar los precios relativos del mercado argentino, dinamizar el consumo y fortalecer el poder de compra de las familias.
Como toda reforma estructural, esta medida también genera resistencia en sectores que ven amenazada su posición actual. Entiendo las preocupaciones planteadas desde Tierra del Fuego, donde la industria tecnológica ha sido clave para la economía local. Sin embargo, es necesario comprender que abrir el comercio no implica necesariamente desproteger la producción nacional. Por el contrario, la rebaja de impuestos internos también puede traducirse en una mejora de costos para los fabricantes locales, que podrían ver una reducción de hasta el 30% en sus estructuras productivas si se acompaña la medida con políticas adecuadas.
La clave está en adaptarse al nuevo contexto. La competencia no debe ser vista como una amenaza, sino como un incentivo para innovar, mejorar procesos y ofrecer productos de mejor calidad a precios más competitivos. Además, la transparencia en los precios y la convergencia con los valores internacionales pueden contribuir al proceso de desinflación que tanto necesita la economía argentina.
En definitiva, esta apertura no debe entenderse solo como una ventaja para los importadores. Es una oportunidad para la sociedad en su conjunto. Un mercado más libre y menos cargado de impuestos injustificados no solo promueve la eficiencia, sino que devuelve al consumidor argentino algo que nunca debió perder: la posibilidad de elegir.