¡Habemus Papam!*

13 marzo, 2018

El cumplimiento de un aniversario es siempre motivo de alegría. Pero también supone un momento de reflexión personal y comunitaria que nos ayude a sopesar lo que se ha logrado y lo que no, cuánto hemos crecido en la vida de virtud, cómo ha sido nuestro servicio hacia el otro, ese otro que, como afirma el filósofo Emmanuel Lévinas, posee un rostro y no simplemente una cara. Ese otro que me interpela con su dolor y sufrimiento y que, a los ojos de Dios, me llama a ir a su encuentro.

Un nuevo aniversario se cumple de la elección que convertiría al entonces cardenal Bergoglio en el hoy Papa Francisco. Cinco años han pasado desde entonces y no hay un día en el que la acción evangelizadora de la máxima autoridad de la Iglesia Católica no sea noticia en todo el mundo. Pero el aniversario papal no es cualquier aniversario, pues es la Iglesia entera la que celebra junto al homenajeado. Es la alegría de las ovejas que, al escuchar la voz de su pastor, acuden presurosas a su llamado y participan así de un gozo que es divino, celestial.

Es inevitable que el paso del tiempo provoque cambios. Algunos superficiales y de poca importancia. Otros de gran envergadura y de mayor perdurabilidad. Es el tiempo que transforma, deja huellas, enseña y corrige. Este es un tiempo muy especial en la vida de la Iglesia. Llamada en todo momento a volver a sus raíces, o mejor dicho, a su fundador, Jesucristo, muestra en estos tiempos su rostro más hermoso: el de la compasión y de la misericordia. Francisco es partícipe de esto. Nos ha mostrado que el camino de la humildad y de la oración es el único posible para llegar a nuestros hermanos, a aquellos que no creen en Dios o que se encuentran alejados de Él; que la evangelización es la finalidad a la cual tiende toda acción caritativa; que debemos cuidar la vida de todo ser vivo, puesto que todos formamos parte de la misma Creación de Dios; que el medio ambiente, nuestra casa común, es el lugar donde transcurren y desarrollamos nuestras vidas y por eso debemos protegerlo; y que la convivencia humana se sustenta en cuestiones supratemporales, en valores que aviven la llama de la esperanza por un cambio que nos lleve de la indiferencia y la banalización a un compromiso serio y constante, a la entrega de nuestras manos en pos del bien y la paz.

Recientemente, en su mensaje cuaresmal, el Papa nos advertía sobre algunos de los riesgos en los cuales podemos caer los hombres, en especial los cristianos, cuando invertimos las prioridades de nuestras vidas: “Cuántos hijos de Dios se dejan fascinar por las lisonjas de un placer momentáneo, al que se le confunde con la felicidad. Cuántos hombres y mujeres viven como encantados por la ilusión del dinero, que los hace en realidad esclavos del lucro o de intereses mezquinos. Cuántos viven pensando que se bastan a sí mismos y caen presa de la soledad”. Este mensaje, sencillo en apariencia,  conlleva una meditación aguda: el hombre es capaz de lo mejor y de lo peor. Y es él el que tiene la llave para decidir en dónde poner sus dones.

Hoy es un día especial. Es el festejo de todo un pueblo que acompaña al Papa, con su oración, para que la misión que le ha sido encomendada llegue a vislumbrarse en este mundo.

* Por Rubén Marchioni – Párroco de Cristo Rey

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