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“Todavía me pongo el guardapolvo y trabajo en el taller”

Gabriel Ríos Malan

Por

Martes 22 de Octubre, 2019

En una extensa entrevista concedida a Ser Industria, Guillermo Dietrich, vicepresidente de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios (CAC), repasó su vida y explicó cómo a partir de su pasión por los autos y las motos, forjó su actividad empresarial.

En la Universidad CAECE y puntualmente, el empresario automotriz, de 74 años, repasó sus inicios, destacó a Juan Manuel Fangio, como una persona fundamental en su vida y habló de sus antepasados alemanes y de la necesidad de otorgarle facilidades a la producción con políticas de Estado.

Antes de que la palabra emprendedor estuviera de moda y de que el marketing sea una herramienta fundamental para cualquier negocio, Guillermo Dietrich, padre del actual ministro de Transporte de la Nación, se abrió camino a través del trabajo, inspirado por el deseo de llevar adelante su sueño, basado en brindar lo máximo, honrar las deudas y satisfacer la demanda del cliente.

SI: Guillermo, ¿tu pasión por los fierros viene de familia?

GD: Mi padre era farmacéutico, le encantaban las motos y los fierros. El año en que nací, 1944, vendió la farmacia y se fundió. En ese momento, mi vieja agarró una máquina Singer empezó a hacer ropa para que podamos comer. Yo iba al colegio y los sábados y domingos trabajaba repartiendo pastas o remedios. Todos los hermanos trabajamos desde chicos y así fuimos tirando. De niño sentí pasión por los autos y por las motos, porque algo superior hubo en mi cuerpo.

SI: ¿En qué zona creció?

GD: Nací en La Lucila, en el norte del Gran Buenos Aires. En esa época por tener las manos engrasadas, me discriminaban mis amigos que iban al Colegio Nacional o al Comercial. Pero ir a los que íbamos al Industrial, en esa época nos despreciaban y esa discriminación me hizo vencer todo. Nunca pensé si iba a ganar plata, me importaba el oficio, la profesión. Al colegio industrial lo hice de noche y de tarde, me iba cambiando porque también tenía que trabajar y antes de terminarlo me tomó Industrias Kaiser Argentina (IKA). Yo era técnico, laburaba, me engrasaba. Para mí, el trabajo es sagrado y no importa en qué, pero hay que empezar porque el trabajo te da oportunidades. Luego me becan a Santa Isabel, donde estaba IKA y estuve en el proyecto de lo que fue el Bergantín. Pero como discutía con los ingenieros, me di cuenta que no estaba preparado para trabajar bajo el paraguas de una empresa.

LOS CONSEJOS DE FANGIO

SI: ¿Fue cuando abriste tu primer taller?

GD: Antes de eso, pasé una etapa muy buena. Había un desarrollador de emprendimientos en la costa argentina. Él, no tenía presupuesto para pagarle a un ingeniero para abrir los caminos y correr los médanos. Entonces me llevó. Ponía las máquinas a las 5 de la mañana en marcha y dirigía el proyecto. Eso duró unos meses y ahí en Santa Teresita conocí a quien actualmente es mi mujer. De regreso a Buenos Aires, puse un pequeño taller, en el cual me ayudó Juan Manuel Fangio. Arreglaba los Heinkel, los Isetta, todos esos autitos de posguerra. Los reparaba de noche y los vendía de día. Así, lentamente, se fue creando una empresa.

Guillermo Dietrich junto a Juan Manuel Fangio

SI: ¿Cuál fue el papel de Fangio en tu vida?

GD: Fangio me dio autos para arreglar y fue quien me recomendó ponerle mi apellido a la empresa, ya que yo le había puesto “Automotores Sarmiento” porque estaba en esa calle. El chueco me dijo “el único capital que tenés es tu apellido” y así nació la empresa Dietrich. Mi relación con Juan Manuel nació porque durante un tiempo me dedique a preparar motos de competición y en consecuencia iba al autódromo. En ese entonces, él estaba corriendo en Fórmula 1. Cuando dejó la competición quedó una linda amistad.

SI: ¿Lo ayudaron económicamente en esos comienzos?

GD: Pedí ayuda, pero no plata. Pedía que me den algo para arreglar, vender y ganar una comisión. La IKA me entregaba autos para reparar y siempre se los pagaba, por eso tenía una buena reputación en el ambiente. Volviendo a Fangio, fue un hombre que a mí me enseñó mucho. El 10 de noviembre de 1964 abrí el galpón. Era un taller chico de 500 metros. Él me dijo “nunca hagas la inauguración cuando arrancás, porque no sabes cómo te va a ir”. Inauguré recién en noviembre del 1965. Nunca voy a olvidar ese día. Fue una reunión de diez personas a la que él asistió siendo presidente de Mercedes Benz. Hice un asado en el piso de hormigón y cuando tomó temperatura explotó. Voló todo lo que había sobre la parrilla… En ese momento llega Fangio que me dice “hijo, que macana carajo…”. En un piletón que había, me ayudó a lavar los chorizos, las morcillas, la carne. Pusimos una chapa, juntos hicimos nuevamente el fuego y al final comimos el asado. Eso era Juan Manuel Fangio.

SI: Desde 1964, la economía argentina atravesó muchos momentos críticos. ¿Cómo los vivieron vos y tu empresa?

GD: Los 54 años de mi empresa están acompañados con las crisis de la Argentina. Cuando abro los congresos de la CAC le pido a las Pymes y a los emprendedores que se aplaudan a ellos mismos, porque en Argentina a la moneda le sacaron 13 ceros. Entonces es muy difícil que una persona cuando se independiza pueda saltar tantos baches. En mi caso tuve dos etapas. La fundación de mi empresa en el 64 y la refundación en el 1995, en la que ingresan mis hijos. Cuando los muchachos y las muchachas son capaces es una ventaja, porque uno con los años no es que pierde energía, pero quiere manejar distinto los tiempos o estar para analizar otras cosas, no estar en el día a día. Con ellos hemos pasado el Tequilazo, el 2001. Siempre honramos las deudas y cuando algo se atrancó hemos pedido tiempo.

SI: Argentina sabe crear sus propias complicaciones…

GD: Pero siempre lo repito, nosotros hemos tenido la posibilidad de tener doble ciudadanía y no lo hicimos. Toda mi familia está orgullosa de que haya venido una colectividad alemana, que se radicó en Urdinarrain, provincia de Entre Ríos. Eran profesores universitarios y escaparon de la primera guerra. Este país les abrió los brazos y acá estamos. Yo creo que cuando las cosas andan mal, en vez de quejarnos tanto, tenemos que colaborar y aportar. Soy un convencido de que los países se arreglan con garantía institucional, con libertad, donde todos debemos convivir, aunque haya distintos pensamientos.

SI: ¿Alguna vez pensaste en vender e irte del país?

GD: No. En 1998 hubo una crisis fuerte y otra en 2002. En esos dos años vino un grupo extranjero y pagaban mucho dinero por una empresa que en ese momento vendía muy poco. No lo consulté con mi familia, era una cifra tentadora. Me hice este planteo: primero ¿sé manejar un portfolio? Me dan una masa de dinero, me dicen “dentro de 10 años volvemos y queremos tener la misma cantidad”. Dije que no, porque era muy riesgoso. Entonces el intermediario del negocio me dice “está bien, no vendas, pero lo que quiero es que recibas a estos compradores porque ellos no me creen no quieras hacer el negocio”. Al final tuvimos un almuerzo y me dicen “no le vamos a insistir más, pero lo queremos preguntar: ¿en un país tan volátil por qué no vende? Les conté que tuve una experiencia con mi padre, que en 1944 vendió su farmacia y en 1951 estaba fundido porque no supo colocar la plata. No se manejar dinero. Compro un auto, lo vendo, se deposita en el banco, voy y compro otro. Además no quiero dejar de trabajar. Si me van a dar un paquete de dinero, es factible que me vaya mal. Obviamente, hay una cosa que la tengo clara. Vivo cómodo, me subo a la moto, voy cuatro días de viaje a Córdoba o a la Patagonia. Soy libre pero mi rincón es mi empresa, es mi gente, es ver que tengo más de 500 personas que se multiplican por cuatro de familia y que tenemos una responsabilidad social. Tengo amigos que han vendido sus empresas y lo digo con respeto, yo estoy más sano que ellos. El “no hacer” te va enfermando. Si me preguntan si tengo algo pendiente, la respuesta es no.

SIEMPRE CERCA DEL TALLER 

Si: ¿Seguís engrasándote las manos en los autos?

GD: El olor a nafta, para mí es un perfume, un aroma, te llevo a ese límite de pasión. Reparamos 3500 autos por mes, tengo 70 técnicos mecánicos, pero no hay más el mecánico de oído. Hoy agarran el scanner enchufan y listo. Cuando hay un golpe de biela, de perno, me llaman, me pongo un guardapolvo y voy al taller. Veo el motor, lo empiezo a hamacar, escucho el golpe y digo: es bancada trasera. Ellos desarman y es bancada trasera. Creo que no hay ningún concesionario en Argentina que sepa mecánica, salvo Dietrich y Salvador Pestelli. Cuando tenía entre 37 y 40 años, era concesionario Citroen. Voy por el taller y un mecánico nuevo estaba colocando un brazo de suspensión, golpeándolo. Le digo “no te enojes, esto entra solo, no se golpea”. El chico me dijo “póngalo usted si no se golpea”. Le pedí un banquito, saqué el brazo. Había puesto un ruleman cónico al revés, por eso no entraba. Lo di vuelta y le dije “ahora ponele los cuatro tornillos y el auto está listo”. El tipo estaba blanco. A los muchachos les dijo lo que le había pasado y ellos le contaron que yo era el dueño de la empresa. A las seis de la tarde vino a verme con el telegrama de renuncia. Le pregunté por qué se iba.  “Porque estoy muerto de vergüenza, trabaje en tres concesionarias. Nunca imaginé que un dueño pudiera saber de mecánica”, me respondió. Le dije que lo tome como aprendizaje. Se quedó por 15 años y a cada nuevo que entraba le decía “no hagan cagada que Don Willy la tiene atada con los fierros”. Hoy no meto la mano en los autos modernos porque obviamente no es un chiste enchufarlos y que te digan qué hay que cambiar.

SI: ¿Cómo fue pasar de un taller a una empresa?

GD: Dietrich nació como un taller y que además vendía autos. Cuando hay salud y pasión, la vida es simple. Fui el primer tipo que trabajo volanteando, no en un semáforo porque no existían, sino en la garita del vigilante, en Sarmiento y Pueyrredón. Le decía al guardia “voy a parar a la gente y darles un volante por si necesitan arreglar el auto. Que me lo traigan a Sarmiento 2920”. No tenía presupuesto para hacer publicidad. La gente venía y me recomendaba. Un día me llamó el dueño de “Automóviles Arroyo”, que estaba en la calle Posadas y me ofrece ser su agente Citroen. Entonces puse un localcito chiquito con dos autos, un taller tercerizado. En 1972, Arroyo se funde. Entonces Citroen me viene a ver y me dice “ahora va a ser agente nuestro”, les respondo que quiero ser concesionario directo hasta el año 1977 cuando la marca se fue de Argentina. Tuve que buscar una salida porque tenía gente a cargo. Tenía la esquina actual, que la estaba pagando y me pasó algo increíble. Tengo una reunión con la gente de Peugeot, me nombran concesionario. Me dicen que en Gascón y Honduras puede estar el taller, pero no la venta porque ya había en la zona un concesionario. Entonces busco otro local sobre la avenida Scalabrini Ortiz. Me llaman urgente de Peugeot y me dicen que cometieron un error tremendo, que había una orden interna por la cual no se podía nombrar a ningún concesionario porque Franco Macri, como Sevel, toma Peugeot y Fiat. Agarré el contrato y lo rompí, lo tiré en un tacho y me fui. Eso fue un viernes. Al día siguiente fui al Club Pueyrredón a ver a mis hijos jugar al rugby, a mi lado había un tipo. Lo miro y le digo ¿vos de que laburás? Me dice que trabaja en Chrysler, que ahora la compro Volkswagen. Era Pepe Brunetta. Le conté lo que me había pasado y me dijo que al otro día vaya a Volkswagen que estaba en San Justo, donde ahora está la Universidad de La Matanza. Fui y a la semana era concesionario Chrysler y Volkswagen. ¿Suena simple, no?

SI: ¿Siempre tuviste actitud para emprender?

GD: Cuando tenía 20 años, iba al nuevo Banco Italiano. Allí un señor español, Miguel Cruz, me decía: “hombre te doy descubierto para que compres las unidades, pero el día 30 cúbreme porque no lo llevo al directorio, yo lo firmo y si no cumples me echan”. El 30, de donde sea, aparecía la plata y el día primero empezaba de vuelta. Honrar las deudas y la palabra, hace que a nadie que ponga un emprendimiento le pueda ir mal. Hay algo que observo aquí todos los días. ¿Por qué un venezolano consigue trabajo? Porque no pregunta cuánto va a ganar, va y pide que lo prueben. Por trabajar sábado y domingo en Kaiser, hice la carrera que hice. Por eso valoro la libertad de que cada trabajador pueda elegir si se quiere trabajar siete o diez horas.

SI: Dada tu experiencia ¿hasta cuándo podrías decir que existió la cultura del trabajo?

GD: La cultura del trabajo existió, pero tengo que decir que algo pasó. Conozco gente que tiene campo, el casero hace 35 años tenía la casa y atrás gallinas, tomates, zanahoria, lechuga. Hoy no tiene nada y va al pueblo a comprar. Esa es la figura. Después de una misa se van todos los fieles y el cura cuando vuelve a su casa pasa por la de un feligrés. Adelante tiene un jardín hermoso, rosales mezclados con tomates, lechuga. El padre le dice “hijo que maravilla han hecho entre vos y el señor, nuestro Dios querido”. El hombre de fe, que había ido a misa le contesta “Padre cuando esto era sólo de Dios, era un potrero”. Esa es la definición y ese es el problema que tenemos muchos países latinos: el pedir. Pedí una caña, pero andá vos a pescar. Yo pedí un auto lo reparé, lo pinté, hice una línea de montaje con un carrito de rulemanes, porque lo que más lleva pintar un auto es limpiar los elementos. Si pinto de negro y al siguiente de gris, tengo que limpiar la pistola, el compresor, todo. Entonces una noche pintaba tres de negro, otro día tres de rojo, de gris y a la mañana a la madrugada yo personalmente hacia el motor y lo calzaba en la caja y a las 9 de la mañana estaba en la exposición.

EL PRIMER AUTO

SI: ¿Te acordás del primer auto que vendiste?

GD: El primer microcoupé que vendí a los 30 días se rompió. El cliente me lo trajo y le dije: “hay tres posibilidades: llevarte otro auto, arreglo éste obviamente sin cargo o te devuelvo el dinero”. Optó por el arregló. A plata, puse 600 dólares entre repuestos y mano de obra. ¿Fue un gasto? No, una inversión. El tipo el viernes se junta a comer pizza con los amigos y cuenta lo que le pasó. Ese señor que le diste esa garantía te mando tres o cuatro clientes, entonces no perdiste 600 dólares, los invertiste. Es mi criterio.

SI: ¿Lo pudiste transmitir a tu gente?

GD: Hablo con mi gente y les pregunto: ¿esta empresa de quién es? Responden “suya o de la familia Dietrich”. No. “Suya y de nosotros que somos el equipo”. No. Las empresas son de los clientes. Cuando no hay clientes, la empresa desaparece. Por eso el cliente es rey. Es lo mismo cuando un funcionario no te recibe. Él cobra por los impuestos que pagamos todos. Debe recibir a cualquier ciudadano, ver que necesita, ayudarlo.

SI: La dificultad de hablar con un funcionario existe en Argentina, pero en otros países no…

GD: Claro, pero lentamente va cambiando. Hoy Paraguay es un ejemplo. Entonces no hay que irse a Europa. Si me dicen que vuelva a tener una empresa de 30 personas, digo no. ¿Por qué? Cuando yo tenía 30 personas, pateaba el córner y lo cabeceaba. Los lunes me retorcía de dolor de estómago, el ausentismo era del 30%. Venía uno y me decía mi mamá está en Salta con gangrena…y por ahí me mentía. La empresa fue creciendo y ahora hay un departamento de recursos humanos. No digo que no haya sacrificio, sí que se quieren tener las cosas muy rápido. Yo conocí otro país después de los 42, 43 años. Hoy voy con mi moto, un tipo la mira y dice: “que lo parió, que caño”. No sabe que empecé con un Cucciolo, el motorcito más chiquito que hay. Pensá en eso, la escalerita, tengo este tipo de moto desde hace siete u ocho años y ya cumplí 74.

SI: ¿Cómo ves al país?

GD: Hagamos de cuenta que vivís en Israel y decís: “estoy harto de las bombas, me voy a vivir a otro país. Y analizás: en Europa hay conflicto, Estados Unidos tiene lo suyo. Podés pensar si Argentina, un país sin problemas étnicos, terremotos, tsunamis… Tenés agua dulce, petróleo, gas, cobre, todo. ¿Entonces qué le pasó durante muchos años para estar así? Tenemos un gran país por construir, creo que no va a ser fácil pero hay que lograrlo. Se tiene que acabar la joda, las cometas, la picardía criolla y empezar a darle su lugar al laburante, a la gente van remando en dulce de leche. Al inversor extranjero no le importa si gana Macri o Fernández. Lo que mira es para qué está la sociedad. La República tiene que ser con mayúscula. Yo le digo a toda mi gente que estamos en la era del conocimiento. Lo dice alguien que no es universitario, pero que está en una institución que tiene una facultad donde se enseña nanotecnología y además soy mentor en tres universidades. El tema es el espíritu.

SI: ¿Respecto a tus inicios, cambiaron las posibilidades para el emprendedor?

GD: Hay diferencias, cuando puse la empresa durante un año no vino ni la AFIP ni la municipalidad a preguntarme nada. Lo que quiero promover y estamos trabajando desde la CAC es que al nuevo emprendedor por un año y medio, le den un número y no pague aportes, ni impuestos. Hay que facilitarle el camino, que tenga una habilitación para matafuegos y que se largue a producir. Apoyarlo con un básico de capital de trabajo, a una tasa que la pueda pagar. Así el país se llenaría de emprendedores.